Érase una vez unos niños como tantos, que felices, alegres y bulliciosos iban cada mañana al colegio, con sus ilusiones, sus sueños y sus grandes mochilas cargadas de pesados libros. Al finalizar las clases como todos los días, salían corriendo, apresurados y hambrientos.
A veces sus abuelos acudían a recogerles, les esperaban en la puerta con una suculenta merienda, bocadillos de jamón y queso, fruta y algún dulce, todo ello envuelto en su bolsa de papel.
Era una tarde de primavera, un sol radiante iluminaba el parque, era un lugar tranquilo y hermoso en el corazón de la ciudad, con sus árboles, zonas ajardinadas, bancos, columpios, toboganes, balancines y demás artilugios para el disfrute de los peques.
Ellos lo llamaban “el parque de las hormigas”, en este parque, vivía una colonia de hormigas muy trabajadoras y organizadas, allí estaban ellas pululando por doquier, unas solas y aparentemente sin rumbo, otras alocadas en busca de su condumio, faenando sin tregua.
Estos insectos habitan en pequeños agujeros, minúsculas cavidades naturales que se encuentran ocultos debajo de la vegetación, semiescondidos entre restos de hojas y ramas. Crean nidos removiendo y sacando al exterior diminutos montones de arena que extraen del agujero para construir su refugio.
Los chiquillos, pasados los primeros juegos, se encontraban hambrientos y deseosos de comer sus bocatas; había llegado la hora de la merienda. Enseguida los insectos acudieron al olor de la comida, comenzaron a explorar el lugar, encontrando un delicioso banquete, que caía de los sándwich que los niños engullían y cuyos restos en forma de pequeñas migas de pan quedaban situados debajo de las mesas.
Causa una notable excitación en los niños ver actuando a las hormigas, observan con admiración cómo trabajaban diligentemente para recoger cada migaja. Fascinados por la actividad frenética, los niños comenzaron a seguir sus movimientos con curiosidad, aprendiendo sobre la gran cooperación de estos pequeños insectos, en su aparente deambular por el parque sin rumbo, en busca de alimentos. Quedan ensimismados con el espectáculo..
Las hormigas, entusiasmadas por el hallazgo de comida empezaron a merendar con las miguitas de pan, que esparcidas por el parque se afanaban en atrapar. Estaban tan ocupadas comiendo que no se dieron cuenta de que la mitad del sándwich todavía estaba en la bolsa de papel, al borde de la mesa. De pronto una ráfaga de viento sopló, la bolsa se deslizó fuera de la mesa y cayó al suelo.
¡Oh no!
Nuevas miguitas de pan quedaron derramadas por el suelo y las hormigas no se desanimaron, sabían que tenían que trabajar juntas para recuperar su festín, así que formaron una cadena, una tras otra empezaron a recolectar las miguitas de pan, hasta que finalmente todas estuvieron a buen recaudo, almacenadas en su guarida. Pronto aumentaba el número de hormigas, seguramente porque se comunicaban de alguna forma entre ellas.
Desde entonces, las hormigas aprendieron a ser más hacendosas, recogían su comida con cautela, se miraban con orgullo sabiendo que habían trabajado juntas, cada vez que merendaban, recordaban la gran aventura que habían vivido en el parque, donde el trabajo en equipo y la determinación, las habían llevado al éxito de almacenar una suntuosa cosecha.
Los niños estaban absortos viendo el espectáculo de los insectos, miraban como poco a poco iban llegando mas y mas, comiéndose las miguitas que caían del pan, que continuamente rodaban de sus bocadillos, contemplaban la labor de las hormigas, seguían su lento caminar hacia la entrada al hormiguero, veían como una y otra vez perdían las migas y volvían a recogerlas con sus pinzas delanteras.
Algún niño con un palo hurgaba en la boca de su refugio, el hormiguero, para tratar de descubrir el misterio que en su enorme imaginación, sospechaban que se escondía debajo de la tierra, dentro de aquel insondable agujero.
Un espectáculo para las críos que observaban como cada hormiga trabajaba duro, cogía su migaja de pan y se ponía ordenadamente en la fila de vuelta a su hormiguero, detrás de sus compañeras para allí dejar la comida almacenada que les permitiría pasar los largos y duros días de invierno. Los chavales imaginaban como organizaban en el hormiguero el almacén con la comida recolectada, ocupando los espacios en las estanterías, incluso fantaseaban con un supuesto frigorífico en su interior donde acoplaban sus miguitas recogidas.
El sol calentaba y brillaba en la tarde, las flores desprendían su agradable olor, un inconfundible aroma, que se esparcía por todo el parque.
Al instante apareció otro protagonista en la escena, escondida en lo alto de algún árbol cercano estaba la cigarra, cantaba y cantaba disfrutando en los inicios de verano, ajena a las afanosas hormigas e ignorando su propia suerte. La cigarra es alegre pero vaga y despreocupada se dedicaba a cantar y holgazanear durante todo el verano y en invierno lo pasaba triste, sola y sin alimentos que comer, posiblemente moriría de hambre durante los fríos días de otoño.
Para los niños fue una tarde inolvidable de diversión y aprendizaje, emociona sentir el entusiasmo de los niños ante un espectáculo que diariamente nos brinda la naturaleza, las hormigas en procesión faenando sin cesar y por otra parte el sonoro insistente y potente zumbido de las cigarras.
Para los abuelos una ocasión de convivir con sus nietos y una tema más a añadir a su colección de cuentos que alguna noche de insomnio sentados al borde de la cama, los abuelos narraban a sus nietos. El cuento de la Cigarra y la Hormiga.
Era un cuento recurrente utilizado para ayudar a los nietos a conciliar el sueño. Una forma excelente de motivar a los niños para estudiar y cumplir con sus tareas, inculcándoles que todo en esta vida se consigue a base de trabajo y sacrificio. Y ello basado en su propia vivencia de un suceso sencillo y habitual que ocurre cada día con las hormigas en el parque.
La moraleja de la fabula de la CIGARRA y la HORMIGA es conocida por jóvenes y mayores, una forma de enseñarnos a todos el valor del esfuerzo. La hormiga que a base de constancia y un trabajo incesante, almacenaba las migas de pan en su despensa, para tener alimentos en los días fríos y lluviosos, en contraste con la vida alegre y despreocupada de la cigarra que paga con su vida su ostentosa vagancia.
La diferencia de comportamiento entre ambos animales evidencia claramente los resultados.
Crispín, Alcobendas Marzo 2024.